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Borceguíes en el rock: pisar fuerte para protestar.

Borceguíes en el rock: pisar fuerte para protestar.

julio 13, 2015

Siempre es muy interesante averiguar las razones por las que los músicos de rock eligen su look. A lo largo de las últimas seis décadas, determinadas prendas de vestir se han ido asociando con ciertos subgéneros del rock, ya sea porque de alguna manera representan la cosmovisión del artista en cuestión —enfatizando y ampliando el mensaje de sus canciones—, o porque otorgan la estética adecuada para su estilo musical. De hecho, el grunge no sería grunge sin las camisas leñadoras, el heavy metal —en todas sus variantes— no sería música pesada sin el cuero y las tachas, y el punk no sería punk sin los borceguíes.

Y acerca de estos últimos quería hablarles en la entrada de hoy. Los célebres “borcegos”, tal cual los conocemos hoy, derivan de las botas militares alemanas. De hecho la marca más famosa de este tipo de calzado, DMS o Doc Martens, se la debemos a Klaus Martens, Doctor de la Fuerza de Defensa germana (la Wermacht). Cuenta la historia que, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Martens se lastimó un tobillo esquiando en los Alpes, y entonces se dio cuenta de que sus botas —que seguramente seguía usando como recuerdo de su orgulloso pasado— no resultaban cómodas para la convalecencia. De modo que, mientras se recuperaba, decidió hacerle unas mejoras al diseño original, utilizando cuero más flexible y agregando suspensión neumática a las suelas. (Las “cámaras de aire” ya datan de esa época; no son una invención moderna de las marcas de calzado deportivo.)

Se ve que Martens era un genial diseñador, pero un pésimo comerciante, por lo cual sus calzados no se vendían bien. Pero esta suerte cambió cuando se hizo socio de un viejo amigo de la Universidad, el Dr. Herbert Funck. A mediados de 1947, en plena recesión de la economía alemana, ambos emprendieron un negocio, usando para sus productos el caucho desechado de los neumáticos de los aviones abandonados en los aeródromos de la Luftwaffe. (Martens debe haber sido uno de los pocos alemanes que sacó más provecho de la derrota del Tercer Reich que durante su apogeo.) Y las ventas se dispararon, al principio, con gran éxito entre las amas de casa. Como la cosa creció, en 1959 los socios empezaron a pensar en importar, y casi al mismo tiempo, la firma inglesa R. Griggs Group Ltd. se contactó con ellos para comprar los derechos de fabricación en el Reino Unido.

Y allí comenzó la leyenda. En 1960 salieron los primeros AirWair, o “botas Dr. Martens”, en cuero rojo cereza y cuero negro —las famosas botas de Alex y sus drugos en “La naranja mecánica”, de Stanley Kubrick, la adaptación fílmica de la excelente novela de Anthony Burgess—. En primer lugar se hicieron populares entre trabajadores cuya labor los obligaba a caminar mucho, como los carteros. Luego, los skinheads las adoptaron como un símbolo de su apego por la ideología nazi, casi como una reivindicación, debido al origen de estos calzados. Pero más tarde, a mediados de los setentas, los músicos de la movida punk las hicieron suyas. Y es llamativo ver por qué las empezaron a lucir artistas como Sid Vicious, de los Sex Pistols, y Joe Strummer, de The Clash, y —algunas décadas más tarde— los exponentes de la movida grunge en la Costa Oeste de USA: Eddie Vedder y Kurt Cobain, entre otros. (No en vano se suele decir que USA tuvo su “revolución punk” con el advenimiento del grunge…) La razón es sencilla: usar esos calzados era la forma de burlarse de las autoridades inglesas, cuya violenta represión al estilo victoriano estaba asociada con la tortura nazi. Para estos músicos —y para otros artistas, como escritores y pintores— calzar esas botas resultó una forma de protesta muy gráfica, y terminó siendo uno de los símbolos de una lucha que fue central en la gesta punk.

(Obviamente, en Honky Tonk tenemos una surtida colección de borceguíes, porque es inadmisible que en el guardarropa del rocker de pura cepa no haya un par de estas botas cargadas de historia…)

Este relato nos enseña cómo un emblema del atroz genocidio nazi y de la locura de la guerra pudo ser redimido. El rock, una vez más, nos demostró que algunos símbolos suelen ser cáscaras vacías, y que lo que importa es el contenido que se les otorga. Que el signo que portan depende del poder que les brindemos. Y que la estética del Arte no sólo es una cuestión de la Moda, sino que puede cumplir una importante función social: la de protestar en contra del status quo y la de denunciar la injusticia.

¡Que sea Rock!

 

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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