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El camaleón de rock, de incógnito en el Paraíso.

El camaleón de rock, de incógnito en el Paraíso.

enero 16, 2016

Parece que últimamente debo sentarme a escribir notas sobre grandes músicos que mueren. Hoy, 11 de enero de 2016, me pongo a redactar una semblanza sobre el gran David Bowie. Y lo hago con mucha tristeza. El de hoy fue un día raro, de ésos en los que no es fácil respirar. Un tipo intentó robarle el teléfono celular a una señora en el colectivo. No se salió con la suya, afortunadamente. Por otro lado, cierto tufillo a “caza de brujas” impregna el aire. (Por el bien de todos, espero que lo que esté dando vueltas, mezclado con el smog de la ciudad, no sea ni remotamente parecido a eso. Ahora voy por la calle esperando que me pidan el documento en cualquier momento. Me pregunto qué tipo de estigmatización sugerirá mi facha: pelo largo, barba desprolija, jeans rotos y remeras de grupos…)

Y a estos acontecimientos y estas conmociones se suma la noticia del deceso del Duque Blanco. Día difícil.

¿Por qué esta sensación de ‘pérdida irreparable’ se hace sentir con fuerza en el mundo de la música? Bueno, por dos razones, creo. La primera es que la obra de Bowie es de ésas que son casi imposibles de abarcar. Su rutilante carrera es tan extensa, tan colorida y fructífera que se hace difícil no ver el vacío artístico que nos deja su ausencia. Pocos han hecho tanto, y tan bien. Muy pocos.

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La segunda razón tiene que ver más con mi nihilismo, y soy consciente de la subjetividad de la próxima afirmación: desde finales del siglo XX venimos arrastrando un decadentismo que nos aplasta —y que no se limita a la creación artística, ojo al piojo—. Si bien es cierto que el final de cada era sume a la sociedad en una suerte de declinación y descreimiento, la última iteración de este ciclo se viene alargando y alargando, ya estando cerca de alcanzar la segunda década del siglo XXI. Esto infecta también a la música, desde luego. Hoy erramos en una meseta, en la chatura, a ciegas, donde el tuerto es proclamado rey por los sellos discográficos y las multinacionales, donde los éxitos de probeta se fabrican en los departamentos de marketing y el arte en sí —lo que llamamos “hecho artístico”, o sea, la unión entre el artista que lo genera y el público que lo recibe: en definitiva, uno de los fenómenos comunicacionales más efectivos de la Humanidad— se desdibuja y es ninguneado frente a las demandas del mercado y la pauta dictada por el consumo. Por esta razón yo siento que no hay recambio para suplir la carencia dejada por los próceres que parten. O al menos, si lo hay, no se lo ve sobre la superficie. Mi esperanza es que los próximos Bowies, Lemmys, Weilands, B. B. Kings, Squires, Ceratis, Spinettas, Wrights, Pappos… (y paro acá, porque la lista se haría interminable) estén incubándose en lo secreto, a resguardo de la mortífera luz de la “industria” de la música, institución paradojal que ha trasformado la obra artística en un mero producto manufacturado en serie.

Pero basta de digresiones, y vayamos a Bowie. Él salta a la fama en 1969, dos años después de haber lanzado algunos singles y su primer disco —llamado simplemente “David Bowie”—, con la edición del legendario “Space Oddity”, un disco que cambió para siempre el pop-rock. (Hay que destacar que el lanzamiento del sencillo que dio nombre al disco ocurrió el mismo día que el hombre pisó la luna, hecho que sellaría la primera etapa de sus creaciones como un híbrido entre rock y ciencia-ficción). En estos primeros trabajos ya se percibe su rasgo de artista polifacético, resultado de la rica y variada formación artística que Bowie adquirió durante su infancia y adolescencia, formación que incluyó Música (desde el estudio de la flauta, pasando por el canto, hasta clases de saxo), Historia del Arte, Diseño, Tipografía, etc… También se percibe en sus trabajos tempranos cuán fuerte fue la influencia en su música de Elvis Presley, John Coltrane, Howlin’ Wolf, Willie Dixon, Fats Domino, entre otros…

En la puesta escénica de sus shows siempre fue notoria su habilidad innata para expresarse por medio de la actuación y el baile. Sus clases de actuación y mimo, dictadas por Lindsay Kemp, le dieron alas a esa facilidad con la que él saltaba al vacío desde el escenario, buscando lo espontáneo, jugándose todo en cada presentación.

Siempre gustó de combinar todas las artes, lo que hacía de manera magistral. (Esta particularidad en su visión del arte produciría colectivos interesantísimos, como The Arts Lab). El giro que siguió a “Space Oddity” —ya iniciados los setentas— fue el traspaso del folk ácido, con toques de psicodelia, al glam rock. En este segmento de su carrera lo vemos tocando con músicos que lo marcarían para siempre, como los guitarristas Marc Bolan y Mick Ronson. Es la época de sus discos “Hunky Dory” y “The Man Who Sold The World”. Y es el momento en el que comenzaría a delinear su personaje andrógino, el supremo pop idol Ziggy Stardust (adelantándose en varias décadas a sucesos como Gorillaz y los virtual idols, en el concepto del artista que sólo se presenta mediante un alter ego). Así surgen los álbumes “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” y “Alladin Sane”. Para entonces, la temática de sus canciones se amplió y profundizó, y empezó a incluir tributos para sus influencias (como “Andy Warhol” y “Song for Bob Dylan”.) La dualidad entre su yo real y Ziggy se tornó difícil de llevar, según él mismo declaró en el primer lustro de los setentas. El disco “Diamond Dogs” —otro cruce entre rock y ciencia ficción: el concepto del disco es el intento de musicalizar la novela “1984”, de George Orwell, adaptándola como una suerte de ópera acerca de una distopía post-apocalíptica—, cierra este ciclo, que lo convirtió en una superestrella de la música.

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Ya en 1975 se inicia la era del Duque Blanco, la cual se abre con el disco “Young Americans”. Esta grabación está marcada por su mudanza a Estados Unidos y la admiración por la música negra, un fenómeno que no sólo se trató de un gusto compartido por casi todos los músicos ingleses hasta bien entrados los ochentas, sino que también resultó el motor del mejor rock inglés. (Algo de esta admiración que ya puede verse en el funk del disco anterior.) Así se etiquetó su música como “plastic soul”, o sea, música de un blanco que imita a un negro.

El Delgado Duque Blanco fue el segundo alter ego de Bowie, destilado del personaje de la película “El hombre que vino de las estrellas”. Y aquí tenemos otra tangente, otro de los tantos Bowies que existen… su carrera actoral. Baste decir que no sólo es extensa, sino que también ha sido brillante. Entre sus numerosas interpretaciones teatrales y fílmicas, se destacan “The Image” (film en blanco y negro); “El hombre elefante”, una producción de Broadway, en la que su rol fue muy alabado; la espectacular “El ansia” (una de las mejores películas de vampiros, según este bloguero); “Feliz Navidad, Mr. Lawrence”, tremendo film de guerra, basado en una novela de Laurens van der Post; su inolvidable actuación como Jareth, Rey de los Goblins, en “Labyrinth”; y un largo etcétera. Fue dirigido por Scorsese (el Poncio Pilatos de “La última tentación de Cristo”), por David Lynch (“Twin Peaks: Fire Walk With Me”), y Christopher Nolan (“El prestigio”, magistral película basada en la novela del eximio autor Christopher Priest.) Indudablemente, Bowie ha sido un actor fenomenal, y su filmografía es tan atractiva como su música.

Los últimos tres años de la década de los setentas, Bowie, viviendo en Ginebra y Berlín, se enfocó en lo que luego sería llamado “La Trilogía Berlín” —o “Tríptico”, como el mismo denominaría al conjunto de estas tres producciones—. Sus nombres son “Low”, “Heroes” y “Lodger”. Se las ve como un conjunto, a pesar de ser diferentes entre sí. Bowie explora el sonido krautrock en “Low”, —influenciado por Kraftwerk—, reincide también en el rock visceral en “Heroes” —con la colaboración de Robert Fripp—, e investiga el empleo de kotos japoneses y sonidos ambientales en “Lodger”. Fue una etapa en la que el prestigioso productor Brian Eno trabajó con él muy de cerca, y en la que también Bowie colaboró con los primeros discos solistas de Iggy Pop. De este segmento se destaca la canción “Heroes”, que sería versionada cientos de veces, y traducida a varios idiomas.

La década de los ochentas consagraría definitivamente a Bowie como una estrella de fama internacional. Fue la época en la que haría duetos celebérrimos: con Freddie Mercury en “Under Pressure” —una composición y una grabación que salieron de manera inesperada—, “Dancing in the Street”, con Mick Jagger, y la famosa publicidad de Pepsi con Tina Turner, haciendo un dueto en el tema “Modern Love”. En estos diez años grabó cuatros discos, plagados de hits. También colaboró con el Pat Metheny Group para grabar “This is not America”, una de las canciones más bellas que he escuchado en mi vida.

A comienzos de los noventas, se hacía necesario un cambio para el camaleón del rock. Y éste se canalizó con la formación de Tin Machine, una banda en la que Bowie abandonó su rol de artista solista para sentir el placer de formar parte de una agrupación. Tin Machine es un despliegue arrollador de riffs y sonidos distorsionados de guitarra —por momentos, propios del glam, por momentos lindantes con el hard rock— y bases rítmicas aplanadoras. Los dos álbumes de su breve existencia son una muestra acabada del reverdecimiento de las raíces rockeras de Bowie.

Y esta refrescante experiencia en Tin Machine lo impulsó nuevamente a la exploración personal y solista. Imbuido por los nuevos sonidos industriales y del techno-rock, el Duque Blanco sacaría de su galera una serie de discos que abrevarían en el sonido electrónico de moda y el rock alternativo. Entre todos ellos se destaca “Outside”, el cual nace de una nueva y genial colaboración con Brian Eno en la producción. Cuando escucho este disco y pienso en los grupos del momento (Nine Inch Nails, Prodigy, etc…) me viene a la cabeza la anécdota que cuenta cómo Mozart mejoró notablemente una obra de Salieri, tocándola improvisadamente, luego de haberla escuchado por primera vez. Desde ya que la rivalidad entre Mozart y Salieri es más leyenda que certeza, pero la ilustración es pertinente: imagino a Bowie escuchando por primer vez los nuevos sonidos de bandas como NIN, y pensando: “Ah, ya entendí. Esto puede hacerse así”. Y allí emerge “Outside”. Al final de este otro “ciclo” de Bowie, vuelve a aparecer en escena Toni Visconti, el gran productor, quien estuvo relacionado con el Duque Blanco de una u otra forma a lo largo de toda su carrera, produciendo sus grabaciones de forma intermitente desde “Space Oddity” en adelante.

El nuevo siglo encontró a Bowie un poco cansado, y con algunos problemas de salud, pero con la misma creatividad inquieta y productiva de siempre. Decenas de nuevas colaboraciones, proyectos de discos —algunos de los cuales no vieron la luz—, premios, recopilaciones, participaciones en filmes… Hasta la musicalización de un video juego. Estilísticamente hablando, los últimos quince años significaron el retorno de Bowie a las raíces, siendo catalogadas sus últimas cinco producciones —“Hours…”, “Heathen”, “Reality”, “The Next Day” y “Blackstar”— de “neoclásicas”, aunque la experimentación en ellas es constante, una marca indeleble que signó toda la trayectoria de este artista inabarcable, enorme.

Ha hecho veinticinco discos complejos, profundos, de apuesta difícil, en los que siempre hay una búsqueda, una sed insaciable por correr los límites. Menuda tarea tenemos todos los que hemos quedado de este lado: revisar los frutos de esta impresionante carrera, decodificarlos una vez más y aprender. Y sorprendernos.

La enfermedad y la muerte lo encontraron trabajando, creando más música. “Blackstar” se editó el día de su 69° cumpleaños, y dos días después murió de cáncer de hígado, luego de una lucha que le llevó un año y medio.

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Es muy probable que no exista ningún artista vivo o muerto que haya logrado ejercer una influencia tan grande en la cultura popular. El concepto de “reinventarse” le queda chico: el no debió reinventarse nunca, él siempre fue muchos, y sin miedo. Bowie, como un pulpo, hundió sus tentáculos en la moda, el cine, la música, el video clip, la danza… Todo lo subvirtió, cambiando él, y cambiando los ámbitos en los que se desenvolvió, sirviendo de influencia para cientos y cientos de artistas, siendo el germen de muchos movimientos en la historia de la música contemporánea. Nos ha dejado un legado extenso y profundo. A medida que pasan los días, su huella crece y brilla más, como una supernova.

Adiós, Starman, Ziggy, Duque Blanco, JarethDavid Bowie. Ahora estás de incógnito en el Paraíso. ¿Qué nuevo alter ego asumirás allí? Hasta siempre.

 

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

 

 

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