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Cirse: en la cresta de la rompiente

Cirse: en la cresta de la rompiente

febrero 24, 2015

Como ustedes saben, Cirse es uno de los artistas vestidos por Honky Tonk. Por lo tanto, les (y nos) debíamos una nota en la que se revelaran las claves del crecimiento —muy merecido— de esta banda oriunda de Adrogué, que ha llenado la última década argenta con un hard rock poderoso y un contagioso espíritu neo-punk. Por lo tanto este bloguero ha presenciado su actuación en el Teatro Vorterix el 14 de febrero pasado, mientras que nuestros enviados también han seguido su performance en Cosquín Rock.

En Vorterix, y cerrando un San Valentín a todo rock, Cirse arrasó con casi una veintena de sus mejores canciones. Abrieron con toda la energía de “Rompiente”, que hizo que el público levantara de 0 a 100 en cuestión de segundos. En el compás de la canción en el que se acoplan la muy sólida guitarra rítmica de Christian “Nek” Bonelli y el atronador bajo de Sebastián “Ziva” Leopardi —un apodo que remite a Shiva, el dios destructor del panteón hindú, muy apropiado debido a la cualidad demoledora de su sonido—, justo al comienzo del pre-coro de la canción, todos los cirseros ya estaban saltando y pogueando como si fuera la última vez en la vida.

Siguieron “Por tu bien” y “Desinféctame”, dos de los temas más pegadizos de su último disco de estudio, “Rompiente”, cuyas intros fueron coreadas por todo el público a viva voz. Irrumpió después la oscuridad lírica de “Ritual”, y luego apareció el primer invitado de la noche: Piru, para poner el toque tecno de sus teclados en los climas de “Confesión”, la primera canción del show perteneciente al segundo álbum de la agrupación: “Imaginario”.

Y así siguió el set list, una potente selección de temas de sus tres discos de estudio. Hay que destacar la participación de “Carucha” Podestá, con su infaltable sombrero de copa y su invariable buena onda, en “Tecno” (uno de los momentos más electrizantes del concierto, gracias a lo “ganchero” de su riff a lo White Stripes y a la interacción de Luli Segovia y Carucha.)

Hubo varias postales inolvidables en la velada. Por ejemplo, el público cantando desde el fondo de su alma “Sueños” y “En las ausencias”. La tensión “electro” que cargó el aire con la tecno-rockera “Asesina serial”. El regocijo de todos los cirseros en pleno pogo al son de los últimos cuatro temas del show, empezando por el hermoso “Miedos”, cuyo estribillo uno no quiere dejar de cantar nunca, pasando por “Dejarte ir” e “Invisible”, para terminar con el ultra-potente “Ácido”. Cuando el quinteto se despidió definitivamente —no sin anunciar la salida de su cuarto álbum de estudio, lo que generó la ovación instantánea del público—, me quedé con la muy agradable sensación de haber visto un enorme show. “Enorme” es el adjetivo correcto. Y esto se debe a muchos factores.

Para empezar, aparte de los ya nombrados Ziva y Nek, hay que destacar el trabajo de los otros dos músicos que completan el mosaico sonoro de Cirse: Martín Magliano, cuya labor en la batería es más que consistente —de hecho la fuerza y la precisión con las que toca hacen que él sea el motor a reacción de la banda—, y Gabriel Leopardi en la primera guitarra —los solos que le saca a su viola personalizada de Lojo Guitars son excelentes—.

Ahora bien, Luli merece un capítulo aparte. Estoy convencido de que Cirse es hoy lo que vemos debido, al menos en gran parte, al crecimiento que ella ha mostrado en su papel de front-woman. Su carisma resplandece como un faro para miles y miles de adolescentes y jóvenes que se han convertido en fans de la banda. Es sorprendente verla sobre el escenario, contemplar la forma en la que su menuda figura crece y se despliegan sus virtudes escénicas cuando se abre el telón y empiezan a sonar los riffs de las guitarras. Parece que su energía nunca se va a agotar. Y el profesionalismo que ella tiene se ve, por ejemplo, en el momento en el que su micrófono deja de funcionar (debido a un empalme defectuoso del cable), y a pesar de la desaparición de su voz, continúa cantando y bailando frenéticamente hasta encontrar un nuevo mic; o cuando uno se percata de que al final de show, en el último tema —momento en el que los decibeles de la banda están por la estratósfera y el rugido del público golpea en el pecho tanto como los patterns del bombo y del bajo—, su voz está intacta, perfectamente afinada como al comienzo y sin mostrar agitación, aún después de casi dos horas de saltos y headbanging. Eso bastaría para pintarla de cuerpo entero y calificarla como una de las grandes vocalistas del rock hispanohablante de hoy.

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Pero hay otra cosa más, tan importante como todo lo ya dicho: su calidad humana es tan grande como la profesional. Puedo dar fe de esto, porque minutos antes del show, ella nos recibió a mí y a mi familia en los camerinos para charlar, y allí descubrimos que es una mujer atenta, afable, llena de sueños y de fe en el futuro, humilde —a pesar del mareante éxito cosechado a lo largo de los diez años de vida de Cirse—, y muy agradecida por todo lo que está viviendo junto a sus cuatro compañeros de ruta. (Y no puedo dejar de mencionar la gran amabilidad y la radiante sonrisa con las que recibió el disco de rock que hemos hecho con Viviana, mi esposa, llamado “Donde brille tu luz”.)

Mi encuentro con Luli me vino a ratificar algo que todos sabemos, pero que solemos olvidar: la belleza que dura no se consigue con sólo lookearse, primero debe nacer adentro. Yo creo que eso perciben los fans de Cirse al ver a su banda preferida: una belleza que se irradia desde adentro.

En definitiva, los chicos de Cirse apenas han comenzado a dejar su huella, una marca que -yo creo- será imborrable en la historia del rock nacional. Bajo ningún punto de vista te podés perder su próximo show. Después no digas que Honky Tonk no te avisó.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

PH Sancho Zho

 

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