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El Colorado y su Sinfónica demolieron el Luna Park.

El Colorado y su Sinfónica demolieron el Luna Park.

agosto 29, 2016

El pasado lunes 22 de agosto este bloguero tuvo la dicha de acompañar a su hija adolescente a disfrutar de una de sus bandas favoritas (aunque en el caso de ella se trata de su ‘Agrupación Predilecta’, y en su ranking está muy por encima de todas las demás). Sí, Micaela y yo fuimos a ver a Megadeth al Luna Park, uno de los shows más esperados del año.

Este concierto estuvo enmarcado en el “Dystopia World Tour”, el cual, en su paso por Argentina, desembarcó en la ciudad de Neuquén para brindar dos shows memorables —más la inesperada visita al Hospital Castro Redón de Dave Mustaine y toda su troupe, para solidarizarse con el fan apuñalado durante la primera performance en el estadio Ruca Che—; y, luego de tocar en Brasil, volvió a Buenos Aires para demoler dos veces el Luna Park, uno de los templos del rock en Baires.

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(Y no olvidemos el set acústico que imprevistamente Megadeth montó en la entrada del Four Seasons: entre otros temas, Kiko Loureiro y Mustaine, empuñando sus guitarras acústicas, interpretaron una inolvidable versión de “She-Wolf”, mientras que Dave Ellefson y el nuevo baterista, Dirk Verbeuren —miembro de la banda sueca Soilwork—, hacían percusión palmeando sus muslos. Un lujo que disfrutaron algunos fans que hacían guardia frente el hotel ubicado en la Recoleta.)

Llevo mucho tiempo escuchando a Megadeth (tengo sus grabaciones clásicas en cassettes, lo cual les dará una idea de cuánto tiempo) y ésta fue la primera vez que los vi en vivo (pido perdón, nadie se enoje conmigo…). La verdad, quedé boquiabierto. El magnífico despliegue musical de la Sinfónica del Colorado en el escenario superó ampliamente mis expectativas. Cualquiera diría “pero claro, Néstor, ¿acaso no viste lo bien que suenan en los DVD’s”? Y lo entendería: “Rust in Peace Live 2010”, o “Blood in the Water – Live in San Diego, 2008”, o “That One Night” (que documenta un fantástico show en Buenos Aires en 2005), o incluso la excelente performance que la banda hace en el “The Big 4 – Live from Sofía, Bulgaria”, demuestran lo bien que suenan en vivo. Pero no hay que olvidar que la mezcla del audio capturado en los conciertos que se escucha en toda producción de ese nivel está muy trabajada en el estudio (lo que se denomina ‘postproducción’), y el resultado final dista mucho del sonido que realmente hubo en las performances. Por eso fui al estadio sabiendo que no podría esperar que el show sonara como cualquiera de esos videos, los cuales he disfrutado decenas de veces. (Y menos en el Luna Park: para ser honestos, y a pesar de que es uno de los sitios legendarios del rock nacional e internacional en Buenos Aires, tiene una acústica deficiente).

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Y sin embargo, comprobé que la Sinfónica suena no sólo ‘muy bien’, sino que ¡suena de manera bestial!, salvo algún que otro detalle que esa noche hubo en la mezcla del PA —el audio que escucha el público, que no es el mismo del stage—: a veces la guitarra Dean Signature de Mustaine se oía con bastante menos definición y menos volumen que la Ibanez de Kiko Loureiro. (Aunque no estoy seguro de si esto se debió tanto a la mezcla del sonidista como a las prestaciones de una y otra viola. Me atrevería a decir que, en cuanto a la mezcla del audio de guitarras que busca Mustainela cual es una marca registrada de Megadeth, sin importar quién sea el violero que haga las veces de partner del Colorado— la Ibanez tiene más presencia, algo que ya se notó cuando Chris Broderick estaba en la banda. Y siguiendo el mismo razonamiento, también recordarán que, cuando Marty Friedman completaba el tándem guitarrístico de Megadeth, la paridad entre él y Mustaine era casi absoluta, porque ambos usaban guitarras Jackson.)

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Pero más allá de todas estas digresiones, que casi parecen un intento de mi parte por encontrarle el pelo al huevo, el rendimiento de la agrupación respecto de lo musical y lo sonoro fue excelente. Mi hermano —David Figueiras, baterista de De Las Máquinas y eximio sesionista— lo resumió todo en una oración, cuando nos despedíamos de la hermosa festividad metalera que habíamos vivido mi hija, una amiga de ella, él y yo: “al crear a Megadeth, Mustaine inventó un concepto, no una banda”. Y sí, tiene razón. Megadeth es un concepto dentro del heavy metal (thrash, me corregirán algunos, pero no me interesa ahora discriminar entre subgéneros de la música pesada.) ¿En qué se manifiesta este concepto? En, como ya dijimos, el entrelazamiento de ambas guitarras, labor que nace ya desde la forma de concebir los arreglos que tiene Mustaine: haciendo terceras en frecuencias graves, “bordoneando”; incorporando riffs en la mitad de la canción —que a menudo son mejores que el riff inicial e indican un sorpresivo cambio de rumbo en el tema—; introduciendo largos puentes instrumentales en los que él y su compañero hacen “duelos”; y todo esto con distorsiones de mucha ganancia y mucho sustain, muy comprimidas, a menos que, como sucede en algunas canciones, de pronto las guitarras empiecen a sonar muy clean, con algún chorus un poco de delay y nada más. Pero este concepto no sólo pasa por el trabajo de las guitarras: el bajo siempre se toca con púa para que las complejas bass lines de las composiciones de la banda suenen lo más definidas que se pueda. Y en esto hay que reconocer el talento eximio de Dave Ellefson que ya a esta altura es un bajista icónico del heavy metal, con el mismo peso, diría yo, que Steve Harris —por sólo mencionar a otro de los grandes—. Un capítulo aparte se merece el baterista Dirk Verbeuren, que se incorporó a mitad de la gira, con todas las dificultades que ello implica: su desempeño ha sido impecable. Es obvio que para cualquier músico de metal, ser convocado por Mustaine para integrar las filas de su Sinfónica ha de ser un altísimo honor, y Verbeuren no fue la excepción: demostró estar a la altura del desafío, interpretando de forma magistral todos los temas del repertorio obligado de Megadeth.

El set list arrancó —para incendiar de una a la audiencia— con el mega-clásico “Hangar 18”, lo que nos levanto de 0 a 100 en un segundo. También fue intercalando varios temas de su excelente último disco, “Dystopia” (del cual pueden leer una reseña aquí): “The Threat is Real”, “Poisonous Shadows”, “Conquer or Die!”, en el que Kiko nos solazó a todos con la épica intro en guitarra clásica, “Fatal Illusion”, “Post American World” y, por supuesto “Dystopia”), con muchos de los éxitos de todas la épocas, que cantamos a viva voz: “Tornado of Souls”, “In my Darkest Hour”, “Wake Up Dead”, “She-Wolf”, “Dawn Patrol”, “A Tout le Monde”, que fue el momento más intenso de todo el show, “Sweating Bullets” y “Trust”. El cierre vino de la mano de tres temazos: “Symphony of destruction”, “Peace sells” y “Holy Wars”.

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La apuesta escénica minimalista a la que nos tiene acostumbrados Megadeth —no hay amplificadores, ni pedalboards, ni telones u objetos de utilería sobre el escenario, y hasta el look de ellos es austero pero con mucha onda— se completó con una enorme pantalla de leds, entornada por una escenografía de estación espacial apenas insinuada. En la pantalla, los fascinantes videos y animaciones, que iban desde la ciencia ficción post-apocalíptica hasta un surrealismo medio gore, potenciaron el devastador efecto de las canciones.

Es obvio que no importa cómo Mustaine reordene a su Dawn Patrol, o a quiénes reemplace en su formación: el concepto que inventó parece inalterable e imperecedero. Es imposible irse decepcionado de un show de Megadeth: ya lo comprobé. Y menos si al mismo fuiste con tu hija, la que salió de allí con un brillo en los ojos como nunca le habías visto antes. Si los que nos siguen eligen como banda predilecta a un grupo con un claro mensaje antibélico y anti-establishment —y el Luna estaba lleno de estos adolescentes—, uno siente que está haciendo bien la tarea, que hay futuro.

 

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

Photos: Fer Garcia

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