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Cuando grabar un disco se convierte en un juego.

Cuando grabar un disco se convierte en un juego.

agosto 18, 2016

¿Cómo encarar la producción de tu sexto disco de estudio? Bueno, si fueras un miembro del Pink Floyd pre-“The Dark Side of the Moon”, lo harías del siguiente modo: sin saber bien cómo empezar; sin tener idea —por ende— de cómo seguir; y por supuesto, sin siquiera preocuparte por cómo terminar. Sobre todo, porque para ti la música no empezaría ni terminaría. Sólo fluiría de forma incesante.

De hecho, así nació “Meddle”, editado en octubre de 1971, siendo grabado en los escasos tiempos libres que las continuas giras les iban dejando a los Floyd. Y en él se ve la impronta lúdica con la que esta enorme banda sellaba sus producciones, una herencia del poeta maldito Syd Barret, lumbrera, profeta y “diamante loco”, que aun siendo internado luego de haber comandado al grupo durante sus primeros años y de haber editado sus dos primeros discos, supo dejarlo encauzado —estilísticamente hablando— por lo menos hasta Dark Side… Después de este magno álbum —tercero en ventas en toda la historia de la música— vendría “Wish You Were Here”, disco que es tributo y reconocimiento a Syd, y que marcaría un quiebre, el punto en el cual la sinergia creativa del grupo comenzó a descender.

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Pero volvamos a “Meddle”. Las ganas de experimentar —léase “de jugar”— en esta producción, terminaron en la composición de “Echoes”, uno de los temas más célebres de Floyd, y que ocupa toda la cara B del vinilo. Una maravilloso tour por tierras psicodélicas, con un tono muy épico y con una duración mayor a los veintitrés minutos.

(Por si no lo sabían, el alucinante sonido que Gilmour le saca a su Stratocaster en el pasaje ‘tétrico’ de “Echoes” —que comienza a hacerse escuchar en el minuto 10:40— surgió de un error: el guitar tech que lo acompañó durante la filmación de “Pink Floyd at Pompeii”, conectó al revés el wah wah del set de David, enchufando la guitarra a la salida del wah y el amplificador en la entrada. En “Meddle”, Gilmour —mi guitarrista favorito— perfeccionó esta modulación basada en un fantasmal feedback —o acople— mediante el agregado del delay y el empleo del tremolo, hasta conseguir que su Strat emitiera esos lúgubres aullidos de alguna criatura inconcebible que parece esconderse dentro de una cueva.)

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Algunos de los trucos creativos que usaron en este disco: el uso del método de cadáver exquisito, surrealista, mediante el cual cada uno de los miembros de la banda trabajó algunos tracks de los temas sin tener ninguna referencia de lo que hacía el resto; el característico sonido de piano que Wright empleara en la introducción de “Echoes”, que surgió al pasar la captura de su sonido por un amplificador con sistema Leslie, consiguiendo así la típica señal del sonar de un submarino; en “Seamus” se oyen los aullidos del perro de Steve Marriot, guitarrista de Humble Pie (seña que sería el antecesor directo de Dogs” en “Animals”); en “Fearless” aparece la hinchada del Liverpool F.C., cantando su himno “You’ll Never Walk Alone”; y para terminar, en “One of these days”, Gilmour y Waters usaron dos bajos, con delay —algo que repetirían luego en sus tres posteriores discos—, y la frase que da nombre al tema fue dicha por Mason en falsete y grabada al doble de velocidad para luego reproducirla en velocidad normal y obtener así esa voz terrorífica.

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El título del disco es un juego de palabras entre “medal” (medalla) y “meddle” (entrometerse). Y la portada, de la cual Storm Thorgerson ha dicho fue la peor que Hipgnosis hizo para Floyd, muestra una oreja bajo el agua que recoge las ondas de sonido, representadas por los círculos en la superficie acuosa, aludiendo a “Echoes”, y, en general, al trabajo de índole lúdica que la banda realizó en esta producción.

No está de más recordar que Mason dijo que “éste fue realmente el primer disco de Pink Floyd”, indicando así que era la primera vez que trabajaban en conjunto. (Un intento anterior, “Ummagumma”, aunque proponiéndose lo mismo, difirió en el resultado, debido a que el método no fue colaborativo, sino una acumulación de aportes solitarios de cada uno de los miembros de la banda. Por cierto, también es un gran disco para pegarse un viaje sónico de aquéllos…)

Cómo sea, la mejor forma de crear es jugando y divirtiéndose, sin atarse (mucho) a los parámetros establecidos. Hoy lo afirman los neurólogos y otros voceros menos acreditados, de referencias dudosas y estampas autoayudísticas. Pero Pink Floyd lo descubrió hace más de cuarenta años. A no olvidarlo: nunca hay que dejar de divertirse al crear.

 

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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