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Deep Purple todavía tiene mucho rock para dar.

Deep Purple todavía tiene mucho rock para dar.

abril 12, 2017

Es lógico que cuando una de las grandes bandas de rock —de ésas que son legendarias— edita un nuevo disco habiendo mucho tiempo de su época de gloria, algunos la miren con suspicacia. La generalidad indica que esos grupos a los que estamos aludiendo ya han aportado lo mejor de sí a los anales de la Música. Y sin embargo… Sin embargo, a veces, uno de estos dinosaurios se despierta y demuestra que el letargo no es la muerte, que aún está vivito y coleando y que puede rugir y morder como en sus mejores momentos.

La entrada de hoy es para explorar uno de estos casos (que son más frecuentes de lo que cree). Estamos hablando de Deep Purple y su decimonoveno álbum de estudio: “Now What?!” (“¡¿Y ahora qué?!”), lanzado el 26 de abril de 2013. El disco fue producido por uno de mis héroes, el muy experimentado productor canadiense Bob Ezrin (que cuenta en su haber algunas ‘minucias’ como casi media discografía de Alice Cooper; “Destroyer” y “Revenge” de Kiss; el primer disco solista de Peter Gabriel; “Berlin”, de Lou Reed; y “The Wall”, de Pink Floyd, entre otras muchas cosas), y fue mezclado por el mismo Ezrin y Justin Cortelyou. El mastering estuvo a cargo de Elke Freese.

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Destaco la producción de Ezrin, porque si bien Deep Purple había recibido una transfusión de nueva sangre con el ingreso del excepcional Steve Morse en la guitarra, la cima de la renovación en el audio de la banda en estudio vino con “Now What?!”. Aunque los discos que grabaron desde “Purpendicular”, los muestra más aggiornados y modernos, ninguno alcanzó la calidad de sonido que Ezrin logró imprimirle a la anteúltima producción de esta enorme banda oriunda de Hertford, Reino Unido.

Esta mejora notable en el sonido de la banda tiene varios pilares. Primero, el trabajo consistente de la captura y la mezcla de la batería de Ian Paice: los bombos con más kick, una afinación contemporánea de los toms y el snare, y los platos bien oscuros, pero con brillo a la vez. La compresión es la justa. El resultado es el groove típico de Paicetan difícil de encontrar en la mayoría de los bateristas de hard rock y metalpero con un sonido hi fi actual. En segundo lugar, el bajo de Roger Glover también suena más moderno, pero sin perder su cualidad vintage. En tercer lugar, el trabajo sobresaliente de Don Airey en teclados, que une el virtuosismo lordiano en el órgano Hammond y el manejo del Leslie, con cierta cualidad climática, mostrando incluso arreglos que tienen un aire a rock progresivo y que por momento recuerdan al trabajo de Rick Wakeman en Yes. (No sería raro especular que la influencia de Morse en la composición, hecha de forma colaborativa entre todos los miembros del grupo, es en parte traída de otra banda en la que toca simultáneamente: Flying Colors, agrupación de prog rock, en la que se destaca la labor en los teclados de Neal Morse, que no es pariente de Steve). Y en cuarto lugar, hay que reconocer que Ezrin supo sacarle el mejor jugo a la voz de Gillan, teniendo en cuenta las limitaciones lógicas de la edad del vocalista y sus años de carrera.

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El álbum arranca desde abajo, para ir in crescendo, con una básica “A simple song”, tal cual como lo dice su título, en la que se destaca la labor percusiva de Airey en el Hammond: una leve reminiscencia al tratamiento que Lord le diera al mismo instrumento en “Hush”, el segundo track de toda la discografía de Purple.

Como segundo tema arranca “Weirdistan”, cuyas estrofas, al estar construidas sobre el modo frigio con una melodía en escala menor armónica, hace pensar en el puente de “Perfect Strangers”. Destaca en la segunda canción del disco el solo de Minimoog con pitch de Airey.

Le sigue “Out of Hand”, que después de presentar una intro sutil en la que se entremezclan campanas, explosiones y algunos soundscapes, se adentra con un staccato de cuerdas en un riff poderoso —también elaborado sobre el frigio—.

Luego inicia un hard rock bien rutero: “Hell to Pay”, cuya mayor virtud es tener un estribillo bien ganchero, casi al estilo de los coros de Kiss. El puente de este tema, con los solos de Morse y Airey, es típico de Purple: modulante a través de los intervalos de quintas, lleno de patterns melódicos que se van trasladando y con esos ascensos cromáticos y glissandos de órgano que hacen que el tema tenga más de un clímax.

En quinto lugar se escucha “Bodyline”, un cuasi-funk rabioso medio shuffleado que otra vez remite a “Hush”. “Above and Beyond”, en el sexto lugar del track list, comienza la parte más sinfónica del álbum: su intro tiene elementos de Emerson, Lake & Palmer, Yes y Jethro Tull por igual, pero no deja de ser completamente original. Las estrofas calman la tensión armónica y rítmica de la intro con un clima pastoral y bucólico. Es uno de los temas más logrados de la producción, según mi criterio.

“Blood from a Stone” es una balada de rhythm and blues en tono menor con un estribillo hardrocker: todo descansa en el groove de la base rítmica, las sutilezas del piano Rhodes y el solo de Morse. El octavo tema, “Uncommon Man”, es otra de las joyas del disco: la hermosa intro tejida entre armónicos de viola, delay y los pads de cuerda de Airey alcanza su punto máximo en el majestuoso solo de Morse. Y éste deviene en un solapado homenaje a Emerson, Lake & Palmer, con una frase armonizada de brasses que recuerda muchísimo a “Fanfare for the Common Man”, la composición de Aaron Copland popularizada por ELP (de ahí, creo yo, el título de esta canción).

Continúa el track list con “Après Vous”, la cual abre con un estruendoso gliss de órgano para desembocar en un pattern muy al estilo prog que finalmente termina mutando en un riff bien Purple. El puente instrumental aporta algo bastante inusual en esta banda, que se enorgullece de la sonoridad hecha por medio de la tracción a sangre: la aparición de loops de baterías electrónicas.

Como anteúltimo track aparece uno de los cortes de difusión; “All the Time in the World”, un canción a medio tempo, una cuasi-balada tonal, que intenta rescatar la atmósfera de temas como “When a Blind Man Cries”, pero sin lograrlo.

El cierre del disco es aterradoramente épico, con “Vincent Price”, un tema dedicado el célebre actor de películas de terror. Pero, a pesar del church organ y las voces corales, el tema quedó, según mi punto de vista, a la mitad: le falta un poco más de punch en la interpretación y en la mezcla. Aunque claro, es probable que la intención de Ezrin haya sido terminar el disco de manera similar al comienzo, sin tanta pirotecnia sónica.

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Como sea “Now What?!” es un gran disco, y vale la pena escucharlo más de una vez. Hay que mencionar que está a dedicado al gran Jon Lord, que ya había dejado la agrupación en 2002 a causa de su salud, y que murió en 2011. Es un álbum que muestra el oficio de una de las bandas fundacionales de la música pesada. Deep Purple tiene mucho rock para dar aún. Nos queda esperar el lanzamiento de “InFinite”, su vigésimo disco, anunciado para abril de este año. Veremos si logran superar la vara que establecieron con “Now What?!”.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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