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Dos conciertos inolvidables para terminar el 2015.

Dos conciertos inolvidables para terminar el 2015.

enero 26, 2016

El año pasado no culminó sólo con malas noticias —como los fallecimientos de Scott Weiland y Lemmy Kilmister—, sino que también, gracias a Dios, podemos guardar en el recuerdo dos shows impresionantes, los cuales quedarán resonando en nuestras cabezas durante mucho tiempo.

La primer review de esta entrada es para la HonkyFest —realizada en The Roxy el 23 de diciembre de 2015—, que fue todo un éxito.

Pocas veces uno puede ver en vivo una juntada como la que logró la HonkyFest: tres glorias de la historia del punk argentino se reunieron para dar un concierto memorable. Estamos hablando de Stuka, Niño Khayatte y Leo De Cecco. Así, representando a las dos bandas más importantes del punk de las pampas —Los Violadores y Attaque 77—, estos tres próceres hicieron converger sobre el escenario a dos generaciones de la lucha del rock nacional: la del final de la última dictadura y la del ocaso de la primavera alfonsinista.

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¿Cómo transmitirles la emoción que sentimos mi esposa y yo al presenciar en vivo las poderosas interpretaciones de clásicos como “Uno, dos, ultraviolento”? Con ese terrible tema de Violadores, inspirado en la novela de Anthony Burgess, “La naranja mecánica” —llevada al cine magistralmente por el genial Stanley Kubrick—, se abrió el show.

Le siguieron “Llegará la paz” —de Pappo’s Blues—, y “God save the Queen” —de los Sex Pistols—, que junto con el ya nombrado “Uno, dos, ultraviolento”, anunciaron la serie de legendarias canciones que harían explotar la noche. Luego, el alucinante trío que se apoderó del escenario desgranó la secuencia armónica del tema de Sumo: “El ojo blindado”, para después hacernos saltar a todos con la pegadiza melodía de “I wanna be sedated”, el clásico de 1978 de Los Ramones.

Inmediatamente vino otro de los momentos fuertes de la noche: otra vez Los Violadores revisited con una infinita y grandiosa versión de “Más allá del bien y del mal”, que todos coreamos. De allí en más —como si lo vivido hasta entonces hubiera sido sólo un pre-calentamientoel concierto se transformó en un tobogán de música deslumbrante: una bestial versión de “Anarchy in the U.K.”, nuevamente homenajeando a los Pistols; el mejor arreglo de “Psycho Killer” que he escuchado en mi vida —célebre tema de Talking Heads—; una demoledora versión de “Susy Cadillac”, para volver a recordar a Pappo, esta vez en la época de Riff; y la tremebunda “Police on my back” de The Clash.

Los temas que cerraron este terrible show fueron “Sólo por placer”, la recordada canción de Attaque; “(I’m not your) Stepping Stone”, de Tommy Boyce y Bobby Hart, que grabaran los Paul Revere & the Raiders y que luego fuera versionada por tantos artistas, incluidos The Monkees y los Pistols —tan presentes en esta HonkyFest—. Los bises fueron la famosa y siempre ubicua —lamentablemente“Represión”, de Los Violadores, y una exótica versión de “The Passenger”, del gran Iggy Pop.

Stuka sorprendió por la justeza de su guitarra, de sonido crudo y afilado, a la que no pudieron detener algún que otro traspié técnico. La sólida y potente base de Niño merece un capítulo aparte. Y la frescura de Leo De Cecco en la batería completó la precisa química que enlaza el talento de estos tres músicos emblemáticos del punk argentino. Por supuesto que sobre el escenario circularon varios invitados, entre los cuales se cuentan los chicos de Doble Fuerza (la banda de Niño), y Carucha Podestá. (Si querés leer más acerca de este trío que se las trae, mirá acá.)

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El segundo show que nos emocionó profundamente al final de 2015 fue la esperadísima visita de David Gilmour, el proverbial guitarrista de Pink Floyd.

A partir de este punto en la nota, no me queda otra alternativa que ser completamente imparcial. ¿Por qué? Porque Gilmour fue el artista que me impulsó a querer tocar la guitarra eléctrica. Verlo por la tele, en el show que Pink Floyd dio en Venecia en 1989 —durante la gira que presentaba “A momentary lapse of reason”—, fue lo que me hizo elegir la Stratocaster como mi guitarra favorita. Desde luego que Floyd es mi banda de cabecera, por todo lo que representa, porque se ha ganado un lugar indiscutido en la cultura oficial, porque su discografía es una de las muestras más acabadas del arte conceptual. (Porque su música me ha transportado a lugares ignotos, más de una vez.)

Así que imaginarán que presenciar un concierto de Gilmour fue para este bloguero uno de los momentos cumbres de su vida. (Si bien he visto la grandiosidad épica de Roger Waters, en uno de los nueve estadios de River Plate que llenó presentando la increíble puesta de “The Wall Live”, Gilmour, solo con su Strato o su Les Paul, me llegó más adentro.)

El maestro Gilmour arrancó con “5 A.M.” y “Rattle that Lock”, los temas que abren su último álbum de estudio. Y, por supuesto, hizo un recorrido por muchos de los grandes éxitos de Floyd, algunos de los que compusiera junto a Waters, Mason y Wright, como “Wish you were here”, “Shine on you Crazy Diamond” y “Money”, y otros que han salido sólo de su pluma, como “Sorrow”, “Fat old Sun”, “High Hopes”, “Coming back to Life”, entre otros…

En el cierre del concierto sonó el arrollador “Run like Hell”. Después, los dos bises: “Time” y el glorioso “Comfortably Numb” —que fue todo lo que soñamos cada vez que miramos los finales de sus shows editados en DVD, sólo apoteósico incluido—.

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Contemplar a una leyenda de este calibre, tan esperada por varias generaciones, tocando en vivo, fue asombroso. (En el público había un rango de edades considerable, desde chicos de 19 ó 20 años, hasta fans de la tercera edad, que se animaron a sacudir sus teléfonos encendidos frente al escenario o las pantallas, al son de “Astronomy Domine” —porque Gilmour también conmemoró a su amigo Syd Barret, con el primer tema del primer disco de Floyd, ni más, ni menos—.) Su sonido inconfundible permanece inalterado, y aún, más allá de dos o tres pifias —admisibles, si recordamos que es un señor de setenta y pico de años que está haciendo una gira mundial—, la magia de su guitarra nos cautivó a todos.

Uno de los momentos más poderosos de la noche se dio durante la fantástica versión de “In Any Tongue”, bellísimo track del último disco de Gilmour, que fue acompañado por una animación de lo más elocuente (de un estilo similar a la que adornó a la jazzera “The Girl in the Yellow Dress”.) Les puedo asegurar que la audiencia que colmó el Hipódromo de San Isidro quedó hechizada durante esos seis minutos y pico, que se hicieron eternos…

En definitiva, se trató de un show que no podré sacar de mi cabeza mientras esté vivo.

¡Hasta la próxima nota!

 

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

 

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