Blog

Ultimas notas
“Firepower” de Judas Priest, o el balance entre modernidad y el mejor heavy “old school”.

“Firepower” de Judas Priest, o el balance entre modernidad y el mejor heavy “old school”.

agosto 6, 2019

Después de escuchar cientos y cientos de discos numerosas veces, uno aprende a reconocer casi instantáneamente cuándo está frente a un álbum destinado a ser un clásico. Éste es el caso de “Firepower”, última producción de Judas Priest, la proverbial banda formada en Birmingham en 1969. (Esta ciudad inglesa bien podría adjudicarse el título de “Cuna del Heavy Metal, puesto que en ella también surgió Black Sabbath, un año antes).

“Firepower” es el decimoctavo disco de estudio de los Priest. Se publicó el 9 de marzo de 2018 y fue producido por Tom Allon —el responsable de algunas de sus mejores obras durante la década del ochenta, como “British Steel” (1980), “Screaming for Vengeance” (1982) y “Ram It Down” (1988)— y co-producido por Andy Sneap, el guitarrista conocido por ser miembro de la banda de thrash Sabbat y por haber «modernizado» a Accept, Arch Enemy, Cradle of Filth, Exodus y Machine Head, entre otros, al producir sus últimos discos.      

La cuestión es que esta jugada arriesgada de unir las artes de un productor de heavy clásico con las de uno de música pesada moderna, le salió bien a los Priest. Dijo el guitarrista Richie Faulkner en una entrevista: “Cuando estábamos hablando de productores surgieron diferentes nombres, como Tom Allom, ya que él había trabajado con la banda en algunos de sus álbumes clásicos, y Andy Sneap, que es uno de los productores de metal moderno más reconocido. A alguien se le ocurrió la idea de combinar fuerzas y dejar que ambos hicieran el trabajo de producción. Podría haber salido terriblemente mal, si hubiera habido grandes egos o cosas por el estilo, pero se logró una gran unión entre un productor clásico y un productor moderno. Los dos fueron realmente fundamentales para obtener el sonido y la energía adecuada para Firepower. Creo que hicieron un trabajo fantástico”.

El disco destila una labor pareja y consistente en cada uno de los ítems de producción. Al mismo tiempo, se aprecia con claridad el perfecto balance que lograron Allon y Sneap. De hecho, el concepto sonoro logrado por el tándem de productores es tan importante como las canciones mismas —todas sólidas y potentes—, tanto como su composición o el trabajo realizado en la lírica, mucho más diverso y profundo que el que se aprecia en cualquiera de los trabajos realizados desde que Rob Halford reingresó a la banda, en 2003. Y ya que estamos hablando de la labor compositiva, hay que destacar que una parte del éxito de este híbrido entre tradicionalismo y novedad también reside en la forma en las que están elaboradas las canciones, todas co-escritas por Halford, Faulkner y el legendario Glenn Tipton .

En cuanto al aspecto melódico, existen en “Firepower” varios puntos muy bien resueltos: 1) no hay un solo tema en el que los estribillos no sean pegadizos; 2) todas las cimas tonales —las notas más altas del “dibujo melódico”— están correctamente ubicadas en los estribillos o en los puentes cantados (si los hay). Algo parecido podemos decir respecto de la armonía y los arreglos: 1) hay un uso enriquecido de los modos armónicos usuales en el heavy: menor antiguo, menor armónico, frigio, más alguna acotada aparición del jónico; 2) casi todos los solos se desarrollan a partir de una modulación de la armonía, con un sonido moderno (poroto para la dupla TiptonFaulkner y el trabajo de producción de Sneaps sobre las guitarras); 3) la base de bajo (Ian Hill, único miembro fundador de la agrupación) y batería (Scott Travis), no sólo es precisa y poderosa, sino que también suena moderna (Incluso, como si hiciera falta demostrarlo «por contraste”, la intro del track n° 4 es rematada con un fill de batería en el que, tanto la ejecución de los toms como el sonido de éstos, remiten a los setentas, un sugerente guiño de los productores).

El álbum abre con el tema que le da nombre, un neto corte de difusión, un hit Judas Priest 100% que de alguna manera recuerda a “Painkiller”. Hay que subrayar el extraordinario trabajo de Halford para mantener sus tremendas habilidades vocales a los sesenta y ocho años de edad: más allá de la ayuda tecnológica de la que hoy se dispone, los plug-ins no consiguen nada si no se les ofrece una buena materia prima. El segundo track es “Lightning Strike”, otra canción trademark de los Priest. En él despunta la aplanadora base rítmica de bajo y batería, firmemente secundados por los ajustados machaques de guitarra.

El tercer lugar es para “Evil Never Dies”, construido sobre un riff simple pero muy efectivo. Llama la atención el pre-coro, que cabalga sobre el tono mayor y engaña por partida doble: parece el comienzo de un estribillo que nunca llega, y tiene un viso “feliz” que imprevistamente se funde en el ominoso modo frigio del estribillo real. El puente merece un capítulo aparte, debido a su compleja manufactura: arranca con una subida de tono sobre la que se desenvuelve el primer solo, el cual desemboca un climático arpegio que recuerda a los arpegios de Metallica. Luego viene una parte cantada que conduce al segundo solo del tema. Es, sin dudas, la primera pieza de lujo de la producción. “Never The Heroes”, el track n° 4 del disco —ya referido— es otra maravilla: se trata de una canción a medio tempo que empieza con una estupenda intro de arpegiadores de synth. Aquí sorprende la versatilidad del audio de las guitarras.

El quinto track es “Necromancer”, otro de los tour de force del álbum. También erigido sobre un riff impresionante, enfatiza aún más la vena épica iniciada con el tema anterior, la cual se nota en las voces corales de las intros y el duelo entre la Flying V de
Faulkner y la Hammer de Tipton. Le sigue “Children Of The Sun”, que redobla la apuesta, sobre todo en el extraordinario puente que introduce a los solos. Tiene detalles que revelan un trabajo minucioso en la mezcla, como el phaser adosado a la voz de Halford con el que se abre el último coro de la canción.

Si hasta aquí habíamos hablado de una épica naciente, tal tono alcanza su cima con “Guardians”, que inicia con un majestuoso grand piano y sirve como intro de “Rising From Ruins”, track 8 del álbum. Sin duda el conjunto de estos dos temas sea probablemente el momento más sobresaliente de toda la producción. La letra de esta canción muestra a las claras algunas de las convicciones de Halford acerca de la espiritualidad. La melodía de la canción, por momentos, hace recordar a “Winter Song”, de su fallido disco solista “Halford III – Winter Songs” (que a mí me gusta mucho). Incluso el uso de una mandolina en las estrofas remite a él. Su puente decanta en los espectaculares solos que terminan derivando, de manera triunfal, en la melodía de “Guardians”.

A partir de este momento, los tracks 9, 10 y 11 —“Flame Thrower”, “Spectre” y “Traitors Gate”— vuelven al primer tenor del álbum: cortes sencillos, menos ampulosos y bien pensados para los fans de los Priest. (“Spectre” tiene unos solos formidables, y el riff de “Traitors Gate” es un “serrucha-cerebros”).

Les sigue otro de los puntos altos del disco: “No Surrender”, otro hit precisamente realizado. Luego, “Lone Wolf”, arrasa en el puesto n° 13 con un shuffle bien metalero que sorprende por la creatividad de su estribillo y la rudeza hardrockera de sus solos. Por último, el track n° 14, “Sea Of Red”, abreva de forma estupenda en el subgénero de la balada, siendo el único que aporta timbres acústicos a la producción.

En definitiva, el último disco de los Priest es una obra portentosa, que al mismo tiempo que mira de reojo a los ochentas, se enfoca en el futuro, anunciando que la banda aún tiene mucho para dar. Los Priest no han sido los primeros en recurrir a esta fórmula de traer sangre nueva a la formación para rejuvenecer (por allí vemos que los Deep Purple obtuvieron más de una veintena de años de bonus con el ingreso de Steve Morse). Pero ellos sí son uno de esos intentos que más promete. Mientras el viejo Rob siga teniendo cuerda, no hay duda de que la química de este nuevo Judas Priest continuará ilusionando, y mucho.

 ¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

Author: