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El Gran Hechicero de las Seis Cuerdas

El Gran Hechicero de las Seis Cuerdas

febrero 13, 2015

¿Cómo alguien —cuya carrera como músico consagrado duró cinco años—, con sólo tres discos de estudio, uno en vivo, un puñado de singles y un par de conciertos legendarios, puede transformarse en la bisagra que divide en dos la historia de la guitarra eléctrica, redefiniendo el sonido del pop y el rock, y convertirse así en un mito moderno cuyo legado sigue vigente hoy?

La respuesta es una sola: siendo Jimi Hendrix.

Y sí: todos disfrutamos de la unicidad. Podemos ser semejantes a alguien más, pero nunca iguales. Sin embargo, Hendrix fue único entre únicos. Nacido como John Allen Hendrix, el 27 de noviembre de 1942, en Seattle, en su ADN se combinaron las raíces nativas de América del Norte de su madre con los genes afroamericanos de su padre. Más tarde le cambiaron el nombre por James Marshall —lo que es casi una premonición, puesto que él sería quien más fama le daría a la dupla Fender/ Marshall—.

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Su infancia fue difícil, teniendo que sufrir el divorcio de sus padres a los nueve años de edad, y luego, a los 16, la pérdida de su madre. Sin embargo, este último evento estaría siempre marcado por una ambivalente conjugación de alegría y tristeza: su padre decidió regalarle su primera guitarra eléctrica luego de quedar viudo. Con ella, el Gran Hechicero de las Seis Cuerdas empezaría su instrucción, admirando e imitando a otros grandes como B. B. King, Muddy Waters, Elmore James y Albert King.

La notoria influencia del blues en su música no sólo debió a una cuestión geográfica: es innegable que los patterns y yeites del blues bullían en sus venas desde que nació. La herencia es innegable. Pero no hay que desmerecer el ‘viaje iniciático’ del Hendrix adolescente. Al ser alistado, fue enviado a Kentucky, a la 101st Air Division de Fort Campbell. Contrariado por la rigidez del sistema castrense, logró que le dieran de baja antes de término, haciéndose pasar por homosexual y luego aduciendo una lesión en la espalda, supuestamente provocada por un salto con paracaídas. Ya de regreso a la vida civil, empezó a recorrer el sur de USA con su música, tocando para diversos artistas sobre todo en el estado de Tennessee, principalmente en lo que se conoció como el “Chitlin’ Circuit”, el circuito de establecimientos que, como único bastión anti-racista, alentaba y propiciaba la libre expresión de artistas negros, del cual salieron enormes luminarias de la música: Tina Turner, Ottis Redding, James Brown, Aretha Franklin, George Benson, Duke Ellington, Nina Simone, Patti Labelle y The Jackson 5, entre otros.

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En esos años su música se alimentó del hedor rancio emanado por el segregacionismo, pero también de la rica experiencia de sesionar constantemente para músicos de soul y rhythm and blues. Las semillas de The Jimi Hendrix Experience estaban siendo regadas. Años después, ya instalado en Nueva York, por medio de la novia de Keith Richards, tuvo la oportunidad de conocer al productor británico Chas Chandler. Y allí comenzaron los años más brillantes de su carrera. De este modo nace uno de los power-tríos pioneros en la historia (un formato muy de moda en Gran Bretaña en ese tiempo, baste con nombrar a Cream), y Jimi Hendrix empieza, de este modo, a escribir en Londres una de las páginas más gloriosas en los anales del rock. Tocando con Noel Redding en bajo y Mitch Mitchell en batería, llenó de blues el Viejo Continente en las coordenadas espacio-temporales precisas: todos los rockers ingleses querían ser ‘bautizados’ por los sonidos de Nashville, Chicago y el Delta del Mississipi. Y Jimi era la encarnación misma de esos sonidos.

Ésta, escrita a modo de introducción, es la primera de varias notas que verán en el blog rocker de Honky Tonk sobre el Gran Hechicero de las Seis Cuerdas. Como guitarrista que soy —y aunque ahondar en su singular forma de tocar es casi una obviedad— no puedo hablar de él de forma minimalista, ni apelando a la síntesis. Su carrera —brevísima debido a muerte extraña, una de las más misteriosas en las crónicas del rock— valió por muchas décadas, y su legado se mide en miles de artistas que han recibido el embrujo de su furiosa forma de abordar el instrumento. Hasta que él se colgó una Stratocaster al hombro, nadie había podido hallar esos sonidos que aún hacen delirar a multitudes, y seguramente por eso sigue siendo el más votado en las encuestas que se proponen elegir al Mejor Guitarrista. (Todos sabemos que tales plebiscitos, formulados cada tanto por las publicaciones especializadas, son casi una masturbación editorial, que su valor se supedita a un subjetivismo inevitable. Pero, aún así, en el caso de Hendrix, nadie, en ningún lugar del mundo, tiene dudas respecto de qué lugar debe ocupar él en el podio.)

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Y no voy olvidar el corolario de esta primer entrada sobre el genial Jimi Hendrix. Él demostró que si valoramos las raíces que heredamos y tenemos en claro hacia dónde nos dirigimos, no importará cuán duros sean los orígenes de uno, ni cuán terrible sea el “ismo” que nos toque enfrentar, ni cuán poco sea el tiempo que nos haya sido dado: terminaremos haciendo algo trascendente que deje un legado indeleble.

¡Que sea rock!

 

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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