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“Grimmest Hits”: La oscuridad de la Etiqueta Negra.

“Grimmest Hits”: La oscuridad de la Etiqueta Negra.

enero 14, 2019

Arrancamos el 2019 y la agenda rockera se va llenando con auspiciosas fechas. Un concierto al que le tengo ganas —y seguro que muchos de los seguidores del #blogrocker de Honky Tonk también— es la nueva visita de Black Label Society a la Argentina, quienes presentarán su último disco, “Grimmest Hits” en el Teatro Vorterix, el jueves 11 de abril.

Lo primero que llama la atención de este trabajo que contiene doce canciones nuevas (el decimo de la discografía de BLS, editado después de cuatro años de silencio creativo), es el título elegido: Zakk Wylde —alma máter de BLS— explicó que con el mismo intentó hacer una broma a los fans. “Grimmest Hits” suena parecido a greatest hits (“grandes éxitos”), pero en realidad es un juego de palabras que alude a la Parca, la cual es denominada The Grim Ripper en inglés. De allí, la contundente portada bicolor del disco, que nos muestra la silueta de la Muerte pertrechada con su temible guadaña. Esto indica desde el comienzo que este álbum abreva en una oscuridad mucho más profunda que las de anteriores producciones de BLS, una oscuridad que ya había sido anunciada en su disco anterior, “Catacombs of the Black Vatican” (2014). Tal vez este ‘chichoneo’ del Vikingo Wylde con la muerte y sus íconos y periferias esté relacionado con los problemas de salud que le obligaron a dejar de fumar y beber durante la última década. Enhorabuena, puesto que no hay nada mejor que la creatividad para capitalizar los malos trances y exorcizar las angustias que éstos provocan.

grimmest hits

Por tal motivo, “Grimmest Hits” resultó un álbum bien doomy, que oscila entre los mejores climas sabbathianos —la influencia de Tony Iommi en la elaboración de los riffs es insoslayable— y las atmósferas de Alice in Chains, la banda de grunge más darky. En el muy experimentado canto de Zakk Wylde también se percibe el influjo de su prolífica carrera junto al hechicero del metal, Ozzy Osbourne, de quien ha aprendido alguna cosa, seguramente. Y algunas de las melodías de las canciones y las armonías vocales remiten a la forma de componer de Jerry Cantrell. Por otro lado, toda la lírica del disco, salvo en dos o tres canciones, está teñida de cierto nihilismo muy a tono con la música —que no se queda sólo en lo tenebroso: también es travieso, tomado en solfa por momentos—.

zakk wylde

La dramática intro de “Trambled Down Below” nos sumerge paulatinamente en la propuesta doom del álbum: a la bordona distorsionada de la guitarra, de sustain eterno, que entra con un fade in, se suma un tétrico arreglo de cuerdas y luego el riff que será el núcleo de la canción, presentado con el bajo. Este primer track señala el tenor del disco: buenas melodías hilvanadas sobre riffs poderosos y grandes solos. Hay que decir que “Grimmest Hits” es una colección de riffs muy buenos y originales. Un ejemplo es el de esta canción inicial, que está escrito en un compás irregular: 9/8 + 5/8 + 9/8 +4/8. No pretendo que sepas lectoescritura musical para entender esta entrada del blog. Pero sí tenés que saber que dentro del mundillo del heavy no es frecuente esta clase de genialidad.

Los siguientes dos temas tienen esa onda Alice in Chains antes mencionada. El primero, “Seasons of Falter”, cabalga a medio tempo. El segundo, “The Betrayal” —tal vez también con un aire a Soundgarden—, es más acelerado. Y el que le sigue, “All that Once Shined” es el track más sabbathiano de toda la producción, con el consabido cambio de ritmo. A esta altura, queda más que claro que Wylde no escatimó en la composición de los solos, todos furibundos y pirotécnicos, pero siempre con un sentido melódico preciso.

black label society

Casi promediando el track list aparece la primera balada, “The Only Words”, como para matizar con una cadencia armónica más luminosa y una guitarra que flirtea con licks a lo Allman Brothers. De hecho, el solo es casi un homenaje a Warren Haynes.

Pero no nos dejemos engañar: inmediatamente después regresa el amor desmedido por los riffs con “Room of Nightmares” (cuyo video clip es desopilante). El séptimo tema, “A Love Unreal” desconcierta con una intro en guitarra clásica, pero termina volviendo al tono dominante de toda la producción. Tal vez en este tema lo más atractivo sea el estribillo, construido en el modo menor antiguo. Y también aquí hay un cambio de ritmo: del compás cansino y grunge pasamos un shuffle que duplica el tempo, para terminar volviendo al dramatismo del estribillo. (Hay algo de Maiden en estas variantes de ritmo). “Disbelief” insiste en la fórmula anterior, aunque con un estribillo arpegiado y un poco más luminoso, y sin cambios en el pattern rítmico.

zakk wylde

Llegados a este punto, la necesidad de un respiro es atendida por “The Day That Heaven Had Gone Away”, segunda balada del álbum, que también remite al rock sureño, con un toque de Black Crowes. (Y nuevamente revolotea la sombra de Warren Haynes en el solo). Wylde parece ser un tipo que gusta de apegarse a las fórmulas que funcionan: en las tres baladas de la producción (aún no llegamos a la última), un órgano Hammond aporta el timbre que faltaba para hacer de estas canciones un ejemplo paradigmático de cómo debe sonar el auténtico rock americano.

Illusions of Peace”, el track 10, es uno de los temas más elaborados del disco, con un dejo de Zeppelin en su armado y en los arreglos vocales. Y también es la canción más enérgica. En anteúltimo lugar llega “Bury Your Sorrow”, otra rabiosa composición que alude al mejor y más refinado sludge, también con un riff de compás quebrado y un cambio de pattern rítmico, esta vez del shuffle inicial al fraseo directo y sin puntillo, otra vez resonando a grunge.

bls

Y, como habíamos anticipado, el disco cierra con la tercera balada, en RE mayor, cuya estrofa está insólitamente erigida en una cadencia impar de tres acordes. “Nothing Left to Say” es la única canción en todo el álbum en la que se puede oír una guitarra acústica, y también la única en donde se oye el slide de Wylde, en un hermoso solo que remite, por armonía y sonoridad, a algunos trabajos de Lukather en las baladas de Toto.

En resumen estamos frente a uno de los mejores discos de heavy que salieron en el año 2018. En él, el Vikingo recicla sus trademarks, que vienen sonando desde Pride & Glory, logrando un disco que es una delicia desde todo punto de vista, una obra madura que podría ser contada entre los mejores trabajos de su carrera.

Así que la cita obligada es el 11 de abril de 2018. Mientras tanto, a calentar motores escuchando este discazo de los Black Label Society.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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