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Música para un día nublado.

Música para un día nublado.

agosto 11, 2016

Concebido como el soundtrack del film “El valle”, dirigido por Barbet Schroeder, el 3 de junio de 1972 fue lanzado al mercado el séptimo disco de Pink Floyd: “Obscured by Clouds”, u “Oscurecido por las nubes”, una colección de canciones memorables que ha servido para que la mítica banda británica pudiera acceder al mercado de USA.

Como fan incondicional de los Floyd, siempre me he preguntado por qué este disco quedó rezagado, oculto tras las nubes —perdón, pero la imagen era de uso obligado: en algún lado la iba a meter—. Generalmente, un álbum que registra la banda de sonido de una película tiende a ser tomado con menos seriedad por el público. Esto se debe a que puede parecer que una grabación de tal tipo sólo es un complemento del film, y por lo tanto no puede ser valorada como una obra artística en sí misma, independiente de la película. Sin embargo, en algunas agrupaciones el condicionamiento que implica componer para “ilustrar sonoramente” las imágenes con las que se cuenta una historia, suele funcionar como un excelente disparador creativo. De hecho, tenemos algunos soundtracks encargados a grupos que son emblemáticos: “Flash Gordon”, de Queen; “Fiebre de sábado por la noche”, de Bee Gees; “Dune”, de Toto; “Les Revenants”, de Mogwai… Sólo para citar algunos.

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Y en una banda de rock progresivo y/o experimental, acostumbrada a realizar álbumes conceptuales, el desafío de hacer un soundtrack suele ser aun más inspirador. Ya Pink Floyd había grabado “Music from the Film More”, compuesto para otra película de Schroeder, “More”, de 1969, un disco muy interesante, lleno de atisbos de cosas que vendrían varias décadas después. (Escuchen “The Nile Song”, de David Gilmour, segundo tema de “Music from the Film More”, y verán el germen del grunge asomando cuando Kurt Cobain, con sólo dos años, todavía se hacía pis encima.)

Y ni hablar de que, luego de haber madurado como banda y habiendo empezado a transitar ya el ocaso de la sinergia que los había unido —cuya cima fue, sin dudas, esa obra maestra del rock de todos los tiempos, “The Dark Side of the Moon”—, crearon “The Wall”, llevando a cabo la síntesis total, la perfecta obra integral, soundtrack que termina siéndolo porque la génesis del film reside justamente en la historia contada a través de las canciones del disco. O sea, en este caso tenemos la inversión de la ecuación: la película nace como un imagetrack del álbum.

La gracia y genialidad invisibles de “Obscured by Clouds” residen en que este disco es un puente entre la experimentación de “Meddle”, discazo de 1971, y “The Dark Side…”, editado en 1973, en el cual esta experimentación alcanza su madurez. Ésta se vio reflejada en las nuevas técnicas de grabación que la banda probó —el estudio francés en el que se grabó, Chateau d’Herouville, tenía 16 pistas, lo que significaba, en ese momento, contar con la última tecnología—. Y en cuanto a la temática de las canciones, si bien estaba acotada al guión del film, puede verse alguna raíz del núcleo letrístico de “The Dark Side…” en la canción “Wot’s… Uh, The Deal”, en la cual se trata el tema de las presiones del negocio de la música que sufrían los miembros de la banda, en contraposición con el hecho de que ellos ya habían sentado cabeza y estaban formando sus familias.

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Otras curiosidades de este injustamente olvidado disco de los Floyd: en la canción “Free Four” por primera vez Roger Waters alude a la muerte de su padre, Eric Fletcher Waters, evento que sería uno de los temas centrales en “The Wall”; la canción “Childhood’s End” está inspirada en la novela de ciencia ficción homónima de Arthur Clarke —tremenda novela, por cierto—; en el último track del disco, “Absolutely Curtains”, puede oírse el canto de la tribu Mapuga, de Nueva Guinea; y como último dato llamativo tenemos “Burning Bridges” y “Stay”, dos de los únicos tres temas que a lo largo de toda la discografía floydeana firmarían Waters y Wright como tándem compositivo. (El tercero sería el legendario “Us and Them”, de “The Dark Side…”, curiosamente surgido también de una banda sonora —fallida—  para el film de Michelangelo Antonioni, “Zabriskie Point”. Resulta casi irónico que menos de diez años después, Waters manifestaría su deseo de que el tecladista Richard Wright dejara la banda.)

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Este álbum de los Floyd fue certificado como Disco de Oro en 1997, habiendo llegado al puesto n° 6 en los charts del Reino Unido. Obviamente, el toque final viene de la mano genial del fallecido Storm Thorgerson y su empresa Hipgnosis, con un diseño transgresor —para la época—, salpicado de fotos posterizadas, escenas del film y de la grabación del canto de los Mapuga. En la tapa se ve una imagen de la película, que muestra a uno de los protagonistas sobre un árbol, retocada con un efecto similar al claroscuro que se percibe al mirar el sol a través de un denso follaje.

En definitiva, recomiendo una escucha concienzuda de este disco, preferentemente durante un día sin sol: es ideal para jornadas grises e imprecisas. Un álbum para sorprenderse, en estos tiempos de tanta pista disparada en vivo, tanto plastic sound y puestas y mezclas tan poco orgánicas. Me lo van a agradecer.

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¡Que sea rock!

 

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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