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La música de Roger Waters: último bastión del rock comprometido.

La música de Roger Waters: último bastión del rock comprometido.

noviembre 9, 2018

En el marco del Us + Them Tour, Roger Waters dio el primero de sus conciertos anunciados en el Estadio Único de La Plata, el martes 6 de noviembre. Y como era de esperar, no sólo tocó algunas de las mejores canciones de rock de todos los tiempos, sino que también dio una clase magistral sobre la empatía y los derechos humanos.

“A los desaparecidos no tenemos que olvidarlos ni en nuestra cabeza ni en nuestro corazón”, fue una de las muchas frases memorables que dijo a lo largo del show, en el que también homenajeó a León Gieco de una forma muy particular: reproduciendo en su celular la canción del músico argentino “La memoria”, que todo el estadio coreó.

Estos y otros gestos de Waters demostraron —una vez más— que la música del ex Pink Floyd no se sustenta sólo por la parafernalia tecnológica de sus presentaciones. Hay en ella un contenido muy rico, hay ideas y una bajada de línea realizada sin tapujos. En su arte se percibe su cosmovisión y una genuina y profunda inquietud social. Por eso no es exagerado decir que Waters es uno de los pocos rockeros de resistencia que no han sido fagocitados por el mainstream, que no fueron ablandados por el zeitgeist que nos toca vivir, en el que reinan la desidia y la tibieza.

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Con 75 años, Waters siente la lucha que sostiene a través de sus canciones: lloró al recordar a las madres de los desaparecidos de la última dictadura, agradeció un poncho que le fue otorgado por los familiares de un soldado de Malvinas caído en combate, y, coherente con sus convicciones, pidió que la banda soporte del show fuera Puel Kona, un grupo de mapuches que hacen un híbrido de reggae, ska, hip-hop y hardcore, cantando mitad en castellano y mitad en su lengua natal. (Los Kona recordaron a Santiago Maldonado y Rafael Nahuel durante su presentación). La temática recurrente de las dos últimas décadas de la carrera de Waters incluye la pobreza y la desigualdad, los niños y la guerra, y este concierto no fue la excepción.

Ya en marzo de 2012, el músico inglés nos asombró con la seguidilla de estadios River Plate llenos, en la que presentó The Wall —el mejor concierto que vi en mi vida, sin lugar a dudas—. Bueno, el aliento de esa gira atraviesa el Us + Them Tour. Y también el mismo afán estético, en el que el despliegue técnico es increíblemente grande y preciso. Pink Floyd siempre tuvo como objetivo comunicar no sólo con la música, sino también a través de la puesta en escena, y esto es algo a lo que Waters le presta mucha atención —al igual que David Gilmour—. De todos modos uno se pregunta si en ésta época en la que prima lo visual, en la que lo visual es un fin en sí mismo y no un medio para expresar ideas profundas y revulsivas, los más jóvenes —que suelen dejarse deslumbrar con la experiencia decorativa— ahondarán en la comprensión y la aprehensión del mensaje de la genial obra de Waters; si entenderán la importancia de la propuesta antibélica; si verán el dedo apuntando a los sistemas políticos fallidos, al capitalismo y el neoliberalismo, al comunismo, y a las religiones nocivas; si harán eco de la denuncia hecha en contra de los gobiernos dictatoriales. Si comprenderán la importancia de levantar y atender al individuo por sobre la masificación y la alienación en las que pueden sumirnos los mass media y las tecnologías de la comunicación. Si verán la importancia de recuperar la noción de solidaridad… Y uno termina creyendo que sí, porque el poder de la música es extraordinario.

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De la banda que trajo Waters, hay que decir que logró sonar como el mejor Pink Floyd. Los solos de Gilmour fueron tocados con gran fidelidad por el eximio violero Dave Kilminster —habitué de los proyectos de Waters—. El glamour retrofuturista lo aportaron las chicas del grupo Lucius: las coreutas Holly Laessig y Jess Wolfe, que descollaron en “The Great Gig in the Sky”. La formación se completó con Gus Seyffert en bajo, Ian Ritchie en saxo, Drew Erickson en teclados, Joey Waronker en batería, Jonathan Wilson en guitarra y voz, y un viejo intérprete del cancionero floydeano, un ex-miembro de la banda de Gilmour: Jon Carin, en guitarra, coros, lap steel y teclados adicionales.

El set-list intercaló temas de su último disco solista, “Is This the Life We Really Want?” (2017), con los clásicos más esperados de Floyd. Así, él y su banda interpretaron «Breathe», «One of These Days», «Time» y «Welcome to the Machine». De su última producción sonaron «Déjà Vu», «The Last Refugee» y «Picture that». Durante esta canción, Waters lanzó un desafío irresistible: “Sacale una foto al líder sin cerebro”, mientras aparecía Donald Trump rodeado de mujeres en la colosal pantalla que emula a la central eléctrica de Battersea, icono de la portada de “Animals” (1977). Waters tuvo la intención de sacarse una selfie con Trump, aprovechando su imagen proyectada, pero lo pensó mejor y no lo hizo. Una burla genial.

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Sonó «Wish You Were Here», y tal como pasa en los conciertos de Gilmour, toda la audiencia se encendió. Y luego, “Another Brick in the Wall”, una de las canciones más representativas de “The Wall” (1979), que aún mantiene su vigencia. Otra vez vuelvo al show de 2012 en River, con los mínimos ajustes que Waters hizo en la imaginería de esta obra trascendente, para actualizarla: «Big M(Br)other is watching you» sobre la pantalla, los logos de Shell y Mercedes Benz «bombardeando» a la humanidad, (junto con la cruz judeocristiana, la estrella de David, la hoz y el martillo, etc…), «Stop Wars» con la tipografía de Star Wars, toda la sección del tema “Young Lust”, donde el ideal de cuerpo femenino de finales de los setentas fue reemplazado por el concepto de belleza actual, con chicas exhibiéndose en imágenes similares a las que encontramos en Instagram, y todo esto combinándose siempre con la iconografía de la película ideada por Gerald Scarfe: las flores voraces haciendo el amor, los martillos marchando, los aviones de la Segunda Guerra, las marionetas gigantes, etc. Digo “trascendencia” porque es patente la vigencia de la visión de Waters. Cuarenta años después, “The Wall” es tan necesaria como al comienzo. O más. No pasa de moda. En esta ocasión llegaron al escenario del Estadio Único una docena de chicos vestidos de convictos, con capucha negra. Detrás, la célebre pared de ladrillos. En la mitad del tema se sacaron el traje y mostraron una remera negra con la palabra “Resist”. Porque de esto se trata su propuesta artística: de resistir. Cuando Waters comentó que los chicos eran de Buenos Aires, ellos aplaudieron y dirigieron al público en el cantito de cancha: «Olé olé olé, Roger, Roger».

Así finalizó la primera parte. Como contrapartida a los “Olé olé”, la audiencia, entre emocionada y enfervorizada, tomó las riendas musicales en el intervalo y, tal como pasó en concierto de Living Colour —otra fina muestra de rock contestario— entonó el inevitable “¡Mauricio Macri la puta que te parió!”. El partido gobernante aspira a la reelección, pero un estadio completo, estimulado por el espíritu de la música, dejó en claro el descontento generalizado respecto de su gestión.

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La segunda parte fue más corta, pero también más conmovedora, ya que fue completamente dedicada a repasar clásicos de Pink Floyd. Así la canción “Pigs (Three Different Ones)”, de “Animals” (uno de los leit motiv de esta gira), le pegó en la cara al que tal vez sea el adalid del avance de la ultraderecha del que estamos siendo testigos: Trump, quien, mientras la canción sonaba, desfiló por la pantalla gigantesca vestido como bebé, manejando un autito con cara de villano —bah, con la cara que tiene siempre—, ostentando un pene ridículamente pequeño y con un cuerpo de cerdo, vomitando. Waters, luciendo un careta de cerdo, brindaba sobre el escenario con un copa de champán al mismo tiempo que gritaba “Fuck the Pigs!”. (Hay que recordar que “Animals” está inspirado en “Rebelión en la granja”, la parodia política de George Orwell). El tema termina con el tremebundo solo de Kilminster y espantosas declaraciones del presidente estadounidense —Waters podría haber puesto alguna de Jair Bolsonaro, ya que estamos, porque el flamante mandatario brasileño no se queda atrás—. Pero al final se impone “Trump es un cerdo”, en español, para que quede bien clarito.

Siguió “Money” —que sirvió para proyectar contradictorias imágenes: el lujo y la indiferencia de los líderes políticos y los chicos pidiendo comida en la calle—. Los lásers dibujaron en el aire la pirámide de “The Dark Side of The Moon” y Algie (el cerdo de “Animals”) volvió a sobrevolar las cabezas de todos, esta vez con el mensaje “Sean humanos”.

Y con “Mother” —dedicada a las Madres de Plaza de Mayo— vino toda la emotividad que intenté describir al comienzo de esta reseña: la mención de Malvinas y el agradecimiento por el poncho y la canción de León. El cierre obligado fue “Comfortably Numb”, corolario pirotécnico de una noche inolvidable.

Lo más impactante de Waters no es su trayectoria, ni su talento como músico o compositor, sino su compromiso honesto con las causas y las luchas que más importan, que identifican a los desposeídos. Y su coraje para exhibirlo crudamente en medio de tanta insensibilidad social y estupidización consensuada, en la que los estupidizados se dejan inyectar jeringas de malumas, lalis, jimenas y demás banalidades adormecedoras por los estupidizadores.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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