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“Comedown Machine”: el garage-rock pulcro de The Strokes.

“Comedown Machine”: el garage-rock pulcro de The Strokes.

mayo 28, 2019

Ponerse a escribir sobreThe Strokes es meterse con la banda que alguna vez recibió el ostentoso rótulo de “los salvadores del rock”, ni más ni menos. Desde que Julian Casablancas y Albert Hammond jr. se reencontraron en las calles de Nueva York (habían sido amigos durante la infancia) y luego, ya formada la banda, desde aquél mítico primer EP que les produjo Gordon Raphael, “The Modern Age” (enero de 2001), el quinteto neoyorquino ha demostrado que el título no les quedó grande. De hecho, luego de este primer lanzamiento, las compañías discográficas empezaron a disputarse la banda, haciendo que su primer representante, Ryan Gentles, se ganara el pan. (Gentles había sido el responsable de los shows que se brindaban en la Sala Lounge de Manhattan, donde los Strokes hicieron sus primeras presentaciones).

Lo demás es historia: la grabación de su primer disco, “Is This It” en octubre de 2001, por medio del sello RCA, la buena acogida de la crítica y el público que recibió su sonido setentero, las giras mundiales, los más de ocho millones de copias vendidas en todo el globo, su colaboración con Regina Spektor y con el productor de los Radiohead, Nigel Godrich, el haber sentado las bases del movimiento indie, su receso y la vuelta con “Angles” (marzo de 2011), “Comedown Machine” (marzo de 2013) y su segundo EP, “Future, Present, Past”, de 2016, —publicado a través del sello de la banda, Cult Records—.        

Baste lo anterior como sucinta presentación de los Strokes. Ahora vamos a los bifes. Como ya quedó claro en otras notas del #blogrocker de Honky Tonk, me gusta lanzarme a contrapelo de cierto sector de la crítica especializada que se regodea en hacer ponderaciones negativas de algunos discos. Tal parece que es moda ponerse a hablar mal de un álbum careciendo de conocimientos musicales y basándose sólo en una presunta capacidad de discernir lo que el público espera, o en la intuición —casi presciencia, según se desprende del sacrosanto veredicto de algunos críticos— de lo que una banda debería hacer. Y mientras más ingeniosa sea la detracción, mientras más fina sea la pluma para la ironía condenatoria, más publicable y rentable será la crítica.

Pero la verdad es que muchas de estas valoraciones se basan sólo en los gustos del crítico y —por qué ocultarlo—, a veces responden a pulsiones del mercado de la música. Si me preguntan, hay que tener algún criterio musical para decir si una canción es buena o no. Por el contrario, no es necesario tenerlo para decir si te gusta o no. Para afirmar que un disco no es bueno, no basta con compararlo con las masterpiece pasadas del grupo en cuestión. Comparación que es el recurso más fácil en el ejercicio de la crítica, pero que, por otro lado, no es inevitable, como sí quieren hacernos creer, aunque la compulsión por la nostalgia que padecemos como público no pueda impedir los paralelismos. Y aquí, como oyente, también me anoto, claro. Pero, pienso yo, el crítico debe escapar de esta compulsión a la hora de reseñar o valorar un álbum; debe hacer un notorio esfuerzo por distinguir entre su gusto y sus expectativas y el criterio empleado para apreciar la obra. (O sea, debe hacer un esfuerzo genuino por acercarse a la objetividad, aunque ésta sea inalcanzable, como todos sabemos).

¿Y por qué la cháchara anterior? Simplemente porque creo que “Comedown Machine” (“Máquina de decepciones”), el quinto disco de los Strokes, ha sido injustamente infravalorado. Casi como si su título hubiera sido una profecía autocumplida. Este disco, publicado por el sello RCA el 25 de marzo de 2013 en UK y el 26 de marzo del mismo año en USA, fue producido por Gus Oberg.

La principal crítica que recibió esta producción de los Strokes estriba en la práctica que denuncié algunos párrafos antes: la comparación con “Is This It”, el primer y laureado disco de la agrupación. Y los que arguyeron tal cosa olvidaron que toda banda desea reinventarse, que un artista que no se conforma siente que debe rebelarse cuando su búsqueda ha arribado a una fórmula exitosa, aunque el público pida que la repita. Por eso se observa el volantazo en “First Impressions of Earth” (2006), tercera producción del grupo, puesto que la segunda, “Room on Fire” (2003), fue la repetición de una fórmula, justamente. Y una repetición fallida.

Y esta evolución siguió con “Angles” (2011), que, como dijo el bajista de la banda, Nikolai Fraiture, significó un intento de retornar a lo básico, pero desde perspectivas diferentes. Lo explicó mejor Albert Hammond jr., aludiendo al título de la producción: la música de este álbum es la suma de la visión de cinco personas diferentes. Palabras que vienen a desmentir otro razonamiento de los haters de los últimos trabajos del quinteto, mediante el cual se acusa a Casablancas de imprimir el sonido de su obra solista a los recientes discos de la banda, “adueñándose” así de su estilo.

“Comedown Machine” es, para este bloguero, uno de los trabajos más sólidos de los Strokes, aún a pesar de sus momentos débiles, un disco localizado a mitad de camino entre el synthpop bailable de fines de los setentas y comienzos de los ochentas y el garage-rock y la música alternativa de comienzos del siglo XXI (unas coordenadas poco estimadas). La hibridación es peliaguda si se quiere, pero, a mí juicio, está bien lograda. Por ejemplo, ahí tenemos el track n° 3, “One Way Trigger”, que abreva en A-Ha, influencia que los mismos miembros de la banda han reconocido. Los tracks uno y cuatro (“Tap Out” y “Welcome to Japan”) están emparentados por el eximio y pulcro trabajo de guitarras, muteadas y tocadas con staccato algunas, y otras, arpegiadas abiertamente o punteadas con un overdrive calculadamente crudo. Por otra parte, “All The Time” (track n°2, en el que sorprende el buen uso del órgano Hammond) y “50/50” (track n° 6) son una tentativa de regresar al post punk que los caracterizó en sus comienzos.

La canción que da título al disco (track n° 5) hace gala de baterías electrónicas y loops, y en ella aparecen de nuevo las magníficas mute guitars y sonidos de sintetizador muy bien escogidos. Este tema posee uno de los estribillos más hermosos del disco, según mi parecer. Y su final deslavazado es una maravilla. En el mismo carril corre el track nueve, “Chances”, que repite el trabajo concienzudo de synths y de guitarras staccateadas. La melodía de su estribillo también es muy bella.

“Slow Animals” (track siete) y “Happy Ending” (track 10) son las mejores canciones del disco, para mí al menos. Ambas, además de los consabidos teclados y guitarras elaboradas, presentan rítmicas bastante novedosas, que incluyen claps sampleadas y aros del tambor de la batería. La segunda incluso incorpora frases melódicas procesadas con el Vocoder, un sonido típico de los ochentas.

Sin embargo, el álbum también tiene sus puntos flojos: el último track, “Fast Animals”, por ejemplo, la contrapartida del track n°7, pero con un tempo más rápido. Este tema es intrascendente: bien podría haberse no incluido para que el disco ganara en lo conceptual. Y las otras canciones olvidables son “Partners in Crime” (n° 8) y “Call It Fate, Call It Karma” (n° 11), en la cual el experimento de una composición cinemática de film noir resultó infructuoso. El álbum también podría haber prescindido de este track.

arrives at the launch party for the new T-Mobile Sidekick 4G at a Private Lot on April 20, 2011 in Beverly Hills, California.

En síntesis, “Comedown Machine” es un muy buen disco, aunque levemente desparejo respecto del nivel de las canciones, y también en lo tocante al mixing: la variedad sonora por momentos no parece pretendida, sino que uno llega a creer que es la consecuencia de cierta impericia en la producción.

A pesar de estos detalles, mi recomendación es que le pegues una buena escuchada a “Comedown Machine” y te dejes llevar por sus melodías y sus climas.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

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