Blog

Ultimas notas
“No Cross, No Crown”, de C.O.C: dos discos conviviendo en una sola grabación.

“No Cross, No Crown”, de C.O.C: dos discos conviviendo en una sola grabación.

julio 20, 2019

Esta semana estuve en uno de los #rockhouse de Honky Tonk. Buscando en la batea de discos, encontré un clásico indiscutible del stoner metal: “Deliverance”, de los Corrosion of Conformity, más conocidos como C.O.C. El descubrimiento me hizo evocar una época maravillosa: los mediados de los noventa, cuando surgieron las últimas revoluciones rockeras, y los videos de temazos como “Albatross” (del disco mencionado) podían verse en MTV. Así que me puse a re-escuchar esta banda oriunda de Carolina del Norte, formada en 1982 por Reed Mullin (batería) y Woody Weatherman (guitarra). Y terminé descubriendo su última obra: el genial “No Cross, No Crown”, un disco que revive en gran parte la gloria de la mejor etapa de la agrupación, en la cual inscribieron álbumes legendarios en los anales de la música pesada, como “Blind” (1991), el ya citado “Deliverance” (1994), “Wiseblood” (1996) y “America’s Volume Dealer” (2000).

Sin dudas, “No Cross, No Crown” fue uno de los regresos más esperados del año 2018. Lo primero que llama la atención de esta reencarnación de C.O.C. es que se trata de, ni más ni menos, la formación del grupo que todos consideramos como “la mejor”, reunida después de quince años. A Mullin y a Weatherman se acoplaron Pepper Keenan —el emblemático guitarrista y vocalista, también miembro de Down— y Mike Dean en bajo. El disco fue editado por Nuclear Blast Records el 12 de enero de 2018. Para llegar a él, la agrupación transitó un sendero signado por los cambios: de cuarteto que hacía punk y hardcore en los ochentas, pasó a ser un quinteto más volcado al crossover metal, vertiente en la que mezclaron doom, stoner y sludge, siempre con el toque sureño, heredado de bandas como Lynyrd Skynyrd y The Allman Brothers. Con “No Cross, No Crown” demostraron que podían sobreponerse a sus trabajos más recientes, cuya calidad dista mucho del nivel que habían alcanzado en la década del noventa.

El segundo ítem remarcable en el último álbum de los C.O.C. es que las marcas registradas de la banda se oyen en su mejor forma: la voz de Keenan parece no haber sufrido el paso del tiempo; la guitarra de Weatherman continúa asombrando con riffs llenos de furia pero, al mismo tiempo, finamente construidos; y la sección rítmica de Dean y Mullin sigue igual de atronadora que siempre.

Pero hay un tercer aspecto destacado, que le agrega un valor enorme a esta producción. El álbum está presentado en dos “fases” bien definidas: una compuesta de canciones (todas fieles al más logrado sonido de los C.O.C.), y otra en la que desfilan tracks instrumentales que funcionan como pequeños intermezzos. Estos van eslabonando los temas cantados, los cuales siempre están agrupados de a dos, sumando quince tracks en total. Para hacer una reseña digna de este gran disco hay que apuntar este detalle, nada menor (algo que no vi en ninguno de los artículos que leí respecto de él). En realidad estamos frente a dos discos que se van intercalando y al mismo tiempo se complementan. Así que voy hacer mi comentario acerca de “No Cross, No Crown”, pero parado sobre lo que yo llamo la “fase instrumental”, constituida por cinco composiciones, porque creo que en ella reside el corazón de la obra.

El primer intermezzo es “Novus Deus” (track 1), que consta de un riff ejecutado por violas gemelas que armonizan empleando intervalos de terceras, sobre el latir de un corazón moribundo. A esta trama sonora —terriblemente oscura, síntoma insoslayable del tenor del disco— se van sumando armónicos, fills en uno de los toms de la batería y melodías de guitarra inconexas, una de las cuales, gracias a un crescendo, deviene en la intro del track 2. El segundo es “No Cross” (track 4), un arpegio en escala menor (“contaminada” con la quinta disminuida), desgranado en las bordonas de las eléctricas y el bajo, al que se agregan notas distorsionadas, sumidas en una reverb cósmica. De nuevo, el clima sugerido termina desembocando en el tema siguiente.

Como track 7, aparece la tercera de estas piezas minimalistas: “Matre’s Diem”, otro arpegio, pero completamente opuesto al anterior, tanto en el carácter como en lo tímbrico. Aquí podemos oír a Weatherman pulsando con las yemas una guitarra acústica en la tonalidad de RE mayor. Su sonido brillante, levemente desafinado —lo que le confiere alguna magia—, sugiere que se trata de una viola vieja, de ésas que tienen historia (e historias). Finaliza con un delay en estéreo que también conecta con la canción que sigue en la lista. El cuarto intermezzo se llama “Sacred Isolation” (track 10), y con él otra vez se remite a atmósferas ominosas, conjuradas por medio del contrapunto entre dos guitarras —una distorsionada, la otra, más clean, pero ambas con flanger— y un piano, el cual está lo suficientemente desafinado como para pasar por una pianola o honky tonk piano.

Y por último, el track 13 es el quinto de los interludios, que da nombre al disco. Este es el vínculo perfecto entre ambas fases del álbum porque, si bien invoca el ambiente musical más o menos dominante de las piezas anteriores, también está cantado. Y su letra es desoladora y extraordinaria: No hay recompensa en el aliento de los ángeles / La ciudad está llena, pero sin un sonido / El cuchillo ciega a través de la corona / Y el jugador en el estado / Buscando el destino de las naciones.

Como dije antes, creo que el más grande acierto de esta obra es que contiene dos álbumes conviviendo en una misma grabación, entrelazados. Llegados a este punto, es menester decir que en ambas «fases» fluye con intensidad una vena anti-religiosa que descansa en la denuncia de la opresión (y del opresor) y en una preferencia por una espiritualidad libre de las instituciones religiosas.

Esto no sólo es una elección estética, como podría sospecharse al oír el canto monótono, entonado al mejor estilo de una ceremonia pagana, de “No Cross, No Crown”; o el épico solo del final del track 14, “A Quest To Believe (A Call To The Void)”. De hecho, los C.O.C vieron escrita la frase que eligieron como título del álbum, a modo de máxima, en una iglesia en la que habían tocado muchos años atrás, en uno de los cuartos que hacía las veces de camarín.

Las letras de este disco combinan esa inquietud anti-religiosa (“Cast The First Stone”) con temáticas recurrentes de producciones anteriores, como la tecnofobia y la oposición a la tecnocracia (“The Luddite”), o la angustia que siente un hombre por los errores del pasado (“Forgive Me”, “Old Disaster”).

El último tema del tracklist merece una mención aparte: se trata de “Son and Daughter”, un cover de Queen que Brian May alabó por medio de las redes, actitud que, según dijo Weatherman, fue un gran reconocimiento para todos los miembros de la banda, ya que son admiradores de la Reina.

En definitiva, los quince temas de “No Cross, No Crown” conforman una obra rica y profunda, de excelente calidad musical. Sin dudas, está entre los mejores discos de los C.O.C., y el tiempo dirá si terminará siendo tan afamado como sus álbumes clásicos. Yo estoy seguro de que así va a ser.

¡Que sea rock!

Néstor Darío Figueiras – Músico, productor, escritor.

Author: